jueves, 18 de octubre de 2012
Buenos consejos para padres de adolescentes
Consejos para padres de adolescentes
Ayudarlos a que descubran lo que es valioso en su persona. Que tomen conciencia de que valen por lo que son, no por lo que traen puesto o por lo que tienen. Darles oportunidad de que vivan sus propias experiencias en situaciones que no implican mayor riesgo. Por ejemplo en el caso del dinero, se les puede asignar una cierta cantidad, para que la administren bajo su propio riesgo.
Hacer que en casa haya "claridad de reglas", que sepan el qué y el por qué, para ayudarlos y formarlos. Que haya límites claros pero razonados, no impuestos, pues eso les da seguridad.
Tener cuidado con lo que los hijos ven y leen, no a base de represión, sino de reflexión. Puede aprovecharse o provocar el ver con ellos un programa de televisión o una película y luego, discutir y evaluar, para ayudarles a formarse un criterio.
Ser inteligente a la hora de educar
Una vez vino a verme un matrimonio que estaba muy preocupado por la educación de su hijo. Los dos empezaron a descubrir echándose mutuamente la culpa de los problemas que padecía su hijo. Él decía: es que tú le consientes todo. Ella respondió: es que tú educas a tu hijo con el hígado. Lo que aquella señora quería decir es que su marido siempre trataba a su hijo con enfado, le corregía con malos modos y el único diálogo que mantenía con él era a través de los gritos. No se crean que es un caso raro, desgraciadamente hay muchos padres y madres de familia que educan a su hijo con el hígado porque han perdido ya la batalla y piensan que esta es la única forma de imponerse. Nada más lejos de la realidad. El corregir o reprender en momentos de enojo es contraproducente y sólo produce rebeldía y cerrazón en los adolescentes. Simplemente es el método más eficaz para que no te hagan caso y pierdas todo el ascendiente sobre él. En México se dice con mucha sabiduría: el que se enoja, pierde. Estar enojado puede ser normal, pero afrontar en esos momentos a tu hijo y querer educarlo es inadecuado. En los momentos de enojo hay que saber esperar, pero siempre es más sano no enojarse. Este punto puede parecer superficial, pero es la mayor queja que presentan los adolescentes hacia sus padres.
Cuento Peruano Contemporáneo
Licenciada en Educación por la Pontificia Universidad Católica del Perú y Licenciada en Humanidades y Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca (España). Master en Educación de Adultos, Universidad de Mississippi (Estados Unidos de Norteamérica), Diplomada en Proyectos Educativos y Cultura de Paz por la Universidad Católica. Ha publicado prosa y poesía en diferentes diarios y revistas del Perú y España. Es autora de dos libros de poesía: Hormas & Averías, editado por Caballo Rojo 1995 y el segundo, “Juegos de mano” editado también por Caballo Rojo en 1999. Ejerce la docencia universitaria y secundaria; es coordinadora del Centro UNED LIMA de la Universidad Nacional de Educación a Distancia de Madrid (España). Y miembro de la Comisión de escritoras del Pen Club Internacional.
EJERCICIO PARA DOS
A pesar de la dosis sedante y el vaso de cogñac tibio, el cuerpo, completamente lúcido, continúa vibrando. Ligeramente tenso y deseoso; mientras tanto, tú duermes.
No sólo el vientre inmóvil, la piel acartonada, los poros hormigueando como cristales interiores puntiformes y el deseo abierto, sino también y aún más, la casi urgencia de haberme arrimado en la oscuridad y haber topado un cuerpo, haberme cobijado en axilas profundas. Pero tú, duermes.
Duermes, mientras alguien me golpea por dentro. Puedo sentir sus pequeños manotazos dulces y sin embargo, tendré que encontrar la forma de contenerme, de evitar cualquier movimiento que pueda evocarme tu antigua calidez: ahora, soy tu esposa.
Habré de negarme. Negar necesariamente tu imagen próxima pero impalpable. Resignarme a esta semejanza. No como antes, como cuando no tenías siquiera que tocarme: bastaba que el aire despejara el olor de la estancia y ya no quedara ni la humedad de los libros ni el agua fermentada de las flores en los jarrones, sino tu aroma, eso bastaba para que yo quisiera ser tocada, porque había sentido ya el apremio de tus músculos. (Nadie los conocía como yo…)
No quiero abrir los ojos, quiero más bien retozar buenamente con la imagen dislocada que acabo de desprender e inventar a través del tacto. Ya no duermes. (Tampoco escribes). Has apartado las cobijas y has deslizado los dedos buscándome… es la misma madrugada de antes, cuando apenas podía despertar, “No importa” me contestabas, “después dormirás cuánto quieras” y era así porque tampoco importaba que estuvieras doblado sobre tus papeles, repleto de tazas de café y sin levantar la vista, no importaba que yo hubiera estado la noche entera mirando fijamente tu nuca estática, sin poder evitar las ganas de tu tacto, porque entonces corría a sentarme en tus rodillas y podía decirte con descaro: “tócame, quiero que me toques ahora” y tus manos temblaban, se hundían… sin dejar de mirarme mientras yo me llenaba completamente de amor y me desvestía allí mismo, sobre tus rodillas. Sabía que en un instante indispensable harías a un lado las tazas y los vasos y me sentarías sobre el escritorio para besarme. Ibas a palparme, a frotar mi piel hasta vencerme. Y yo iba a sentir estas mismas ganas que ahora siento de rendirme, de desviarme, de disolverme, hacerme polvo, estrellarme. Yo… iba a inclinarme sobre tus espaldas. Pero ahora, duermes. Un hilo salivoso resbala por tu mejilla y permaneces al otro extremo de la cama, como un cadáver, indiferente a toda ansia, pero eso sí, dinero, suficiente dinero para nunca tener que revolcarte de deseo y leer a duras penas los diarios y dormir eternamente al lado de tu esposa, por eso no has levantado las cobijas en ningún momento, ni has deslizado los dedos por debajo de la sábana…
Por eso, mañana en el análisis, bajaré la cabeza y aceptaré que fue sólo el roce de mi piel contra mi piel preparándose para ti (como si no entendiera que el tiempo nos ha debilitado y continuara creyendo que vas a desearme). Te veo avanzar lentamente hacía mí…empiezo a humedecerme…te veo crecer…entrar, tus labios rebalsándome completamente, y yo un grito que se abre en medio de la noche, una obsesión, un vacío… la garganta seca, los párpados apenas contraídos, como si verdaderamente hubiera sido acariciada…
Después supe que aquel gemido había salido incontrolable de mí misma, que estallaba sola en aquel instante, hundida en el extremo blandengue del sommier, mientras tú dormías…
A un lado, sobre la mesilla, los libros empolvados y la puntita sobada del algodón asomando por la boca del frasco de pastillas…
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